CUANDO LA DUDA NOS PERSIGUE

Afortunadamente, Jesús trabaja aún con una fe del tamaño de una semilla de mostaza.

24 Al instante el padre clamó: —¡Sí, creo, pero ayúdame a superar mi incredulidad! 25 Cuando Jesús vio que aumentaba el número de espectadores, reprendió al espíritu maligno. «Escucha, espíritu que impides que este muchacho oiga y hable —dijo—. ¡Te ordeno que salgas de este muchacho y nunca más entres en él!». 

 

Marcos 9: 24-25 (NTV)  

Samuel E. Seo, Th. M.  |  29 de marzo 2021

Todos tenemos momentos de duda en nuestra relación con Dios y hay varias razones por las que se produce la duda en nosotros. Una causa común es cuando las circunstancias parecen imposibles. Por ejemplo, es más fácil dudar de que Dios resucitará a un muerto que creer que sanará a una persona con gripa. Es más fácil dudar de que Dios, en este mismo momento castigará a todos tus enemigos con fuego del cielo como hizo por Elías (2 Reyes 1) que creer que Dios te dará justicia en el Día de Juicio. Otra causa es cuando experimentamos oraciones sin respuesta. Cuando nuestras oraciones se quedan sin respuesta por mucho tiempo, o cuando son claramente negadas, se hace más fácil dudar que Dios nos escucha.

 

Lo peor es que, una vez que empezamos a dudar, nace un problema más grande. Este problema es que la presencia de la duda nos hace sentir menos seguros de que Dios va a responder a nuestras peticiones. Esto sigue empeorando hasta el punto donde empezamos a dudar si somos verdaderos cristianos. Empezamos a dudar si somos hijos e hijas verdaderamente redimidos por Dios.  

¿Qué debemos hacer cuando estamos plagados de dudas contra Dios? Si debemos luchar contra la duda cuando pedimos algo a Dios, ¿eso significa que estamos descalificados para recibir una respuesta? ¿Qué tan perfecta tiene que ser mi fe en Dios para que sea capaz de producir milagros?  

Jesús y el padre del niño endemoniado 

Marcos 9 nos muestra que, mientras Jesús estaba fuera, los discípulos de Jesús intentaron liberar a un niño y fracasaron miserablemente. Cuando regresó Jesús, muy decepcionado con sus discípulos, les manda que le traigan al niño. Es en este momento donde comienza el versículo 20: “20Así que se lo llevaron. Cuando el espíritu maligno vio a Jesús, le dio una violenta convulsión al muchacho, quien cayó al piso retorciéndose y echando espuma por la boca. 21—¿Hace cuánto tiempo que le pasa esto? —preguntó Jesús al padre del muchacho. —Desde que era muy pequeño —contestó él—. 22 A menudo el espíritu lo arroja al fuego o al agua para matarlo. Ten misericordia de nosotros y ayúdanos si puedes. 23—¿Cómo que “si puedo”? —preguntó Jesús—. Todo es posible si uno cree. 24Al instante el padre clamó: —¡Sí, creo, pero ayúdame a superar mi incredulidad! 25Cuando Jesús vio que aumentaba el número de espectadores, reprendió al espíritu maligno. «Escucha, espíritu que impides que este muchacho oiga y hable —dijo—. ¡Te ordeno que salgas de este muchacho y nunca más entres en él!»” (NTV). 

Unas reflexiones 

Estos versículos nos muestran varias enseñanzas importantes. En primer lugar, debemos tener la aprobación de Dios para cualquier cosa que le pidamos. En otras palabras, lo que pidamos tiene que ser de acuerdo con Su voluntad. Mira qué dice Jesús al padre del niño en el versículo 21. Jesús le pregunta: “¿Hace cuánto tiempo que le pasa esto?” Esta pregunta de interés y preocupación muestra que Jesús estaba dispuesto a ayudar al padre y a su niño. Tenemos que entender que, si lo que le pedimos no está de acuerdo con la voluntad de Dios, Él no estará dispuesto a conceder nuestra petición.

  

Segundo, debemos elegir y desear intencionadamente para confiar en Dios cuando le pidamos. Mira qué dice el padre del niño: “¡Sí, creo!” No fue una respuesta que dijo: “Mira Dios, estaré observando si me respondes o no”, como si Dios tuviera que demostrarle algo, como si Dios le debiera algo. ¡Dios no nos debe nada! Al contrario, la respuesta del padre del niño era una que decía: “Haré todo lo posible para creer que me responderás. ¡Quiero creer!” Tenemos que entender que elegir y desear intencionadamente para confiar en Dios es nuestra responsabilidad. 

Tercero, debemos buscar la ayuda de Dios para superar la duda contra Él cuando le pidamos. Inmediatamente después de proclamar “¡Sí, creo!”, el padre del niño también dice: “¡Pero ayúdame a superar mi incredulidad!” Esta respuesta es sorprendente, porque no solo estaba confesando su duda, sino que también sabía que Jesús podía ayudarle a creer. El apóstol Pablo también dijo que la fe es, de hecho, un don de Dios. Efesios 2:8 dice: “8Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios…” (NBLA). Tenemos que entender que la duda no se puede superar sin la ayuda de Dios.  

Cuarto, debemos esperar el tiempo de Dios cuando le pidamos. Mira lo que dice justo después de la respuesta del padre del niño en el versículo 25; “Cuando Jesús vio que aumentaba el número de espectadores…” ¿Qué sucede aquí? Este detalle muestra que Jesús tuvo que actuar rápidamente antes de que la multitud se hiciera más grande. ¿Por qué? Porque Jesús no quería que Sus milagros fueran muy públicos. Por ejemplo, en Marcos 5, solo cuatro capítulos antes, cuando Jesús resucitó a una niña de doce años, Jesús les dice a sus padres que no le cuenten a nadie sobre el milagro que ocurrió. Así que aquí, Jesús tuvo que actuar rápidamente antes de que la multitud aumentara. En otras palabras, el tiempo para el milagro por el padre y su niño era perfecto. Tenemos que entender que hay siempre un tiempo de Dios detrás de cada una de Sus respuestas.

  

La suficiencia de una fe imperfecta 

Pero lo más reconfortante de todo es que Jesús no negó la petición del padre del niño a pesar de que sufría de dudas y su fe era imperfecta. Hermano/hermana, tal vez te has estado desanimado o deprimido porque has sentido que tus dudas te han impedido recibir las respuestas de Dios. Pero mira la confesión del padre del niño al que Jesús le concedió un milagro. “¡Sí, creo, pero ayúdame a superar mi incredulidad!” Afortunadamente, hermanos, Jesús trabaja aún con una fe del tamaño de una semilla de mostaza. En la misma historia, pero de la versión en San Mateo, Jesús dice a Sus discípulos que fracasaron miserablemente: “20—Ustedes no tienen la fe suficiente —les dijo Jesús—. Les digo la verdad, si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a esta montaña: “Muévete de aquí hasta allá”, y la montaña se movería. Nada sería imposible” (Mateo 17:20, NTV). Así que, hermano/hermana, cuando estés lleno de duda, 1) elige intencionadamente creer en Dios, 2) esfuérzate por desear creer en Dios y 3) pídele a Dios que te ayude a creer. En su tiempo perfecto y de acuerdo con Su voluntad, Dios te responderá.  

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