LA MUJER SAMARITANA
(Una narración basada en Juan 4)

El agua viva de Jesús cambiará tu mundo oscuro e incoloro a uno colorido y lleno de gozo.

"La mujer dejó su cántaro junto al pozo..."

Juan 4:28a (NTV) 

Samuel E. Seo, Th. M.  |  3 de agosto 2021

La mujer samaritana cuidadosamente abrió su puerta y miró hacia el cielo. Por fin era el mediodía. Con un soplo de decepción y alivio, pensó: «Hoy sí hace bastante calor… pero al menos no habrá otras mujeres del pueblo recogiendo agua en este tiempo». 

«Voy a recoger agua del pozo», dijo la mujer a su hombre con quien estaba viviendo.

 

La distancia al pozo no era corta. Con ojos entrecerrados miró hacia el sol abrasador. Dado que el mediodía era la hora más calurosa del día, las chicas del pueblo solían ir a recoger agua temprano al amanecer o cerca del final del día al atardecer (cf. Génesis 24:11; 29:7-9). Las chicas también iban en grupos porque así podrían mejor evitar encuentros peligrosos con hombres (cf. Éxodo 2:15-16). Se había quedado sin agua desde la noche anterior y necesitaba agua desesperadamente, pero esperó hasta la hora más calurosa para estar sola. ¿Por qué? Porque esta mujer samaritana había sido el escándalo de su pueblo durante muchos años. Además de tener cinco maridos en el pasado, no estaba casada con el hombre con el que vivía actualmente. Sin haber tenido una oportunidad justa para poder explicar su situación, el pueblo la trató como una marginada, una mujer adúltera e impura con quien nadie debería relacionarse. Una vez fue al pozo y un grupo de chicas del pueblo la atacó. Desde entonces, la mujer samaritana había decidido evitar cualquier encuentro con las chicas del pueblo, incluso si eso significaba tener que venir sola durante la hora más calurosa del día.

 

Cuando notó el pozo desde la distancia, pudo ver una figura solitaria sentada en el borde del pozo. La mujer samaritana dejó escapar un gemido de miedo y preocupación. «Si es un hombre, esto no es bueno», pensó la mujer. Los encuentros personales entre un hombre y una mujer podrían ser escandalosos ya que se sabía que los encuentros románticos ocurrían en los pozos. Además, con la reputación que tenía, un encuentro inocente e involuntario con un hombre aún podría crear malentendidos si alguna persona del pueblo fuese a presenciarlo. Pero todavía tenía que conseguir agua.  

Cuando la mujer se acercó, confirmó que la figura era un hombre, pero inesperadamente no era un samaritano; más bien, era judío. Se sintió un poco aliviada ya que los judíos no se asociaban con los samaritanos, mucho menos con una mujer samaritana. Sin embargo, al mismo tiempo, si alguna persona del pueblo la viera con un judío, esto podría crear peores malentendidos.  

Con emociones mezcladas, la mujer se aferró a su cántaro de agua y lentamente se acercó al pozo. Inmediatamente se hizo evidente que el hombre no tenía nada para sacar agua del pozo. «Es un judío. Nunca me pediría agua ya que los judíos consideraban que todas las mujeres samaritanas eran ceremonialmente impuras», pensó la mujer. 

«Por favor, dame un poco de agua para beber», dijo el hombre. 

Totalmente aturdida por su petición, la mujer miró al hombre con incredulidad y dijo: «Usted es judío, y yo soy una mujer samaritana. ¿Por qué me pide agua para beber?». 

El hombre respondió: «Si tan sólo supieras el regalo que Dios tiene para ti y con quién estás hablando, tú me pedirías a mí, y yo te daría agua viva».  

Esta vez, completamente confundida, la mujer pensó: «¿De qué está hablando este hombre? ¿No tenía sed? … Espera un segundo. ¿Agua viva? ¿Está tratando de impresionarme diciendo que había encontrado una nueva fuente de agua que es mejor que este pozo que nos entregó Jacob?». Con una expresión de duda, la mujer le respondió: «Pero señor, usted no tiene ni una soga ni un balde, y este pozo es muy profundo. ¿De dónde va a sacar esa agua viva? Además, ¿se cree usted superior a nuestro antepasado Jacob, quien nos dio este pozo? ¿Cómo puede usted ofrecer mejor agua que la que disfrutaron él, sus hijos y sus animales?». 

El hombre respondió: «Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna».   

La mujer seguía confundida. Pensó: «¿Vida eterna? Todavía no estoy segura si le estoy entendiendo, pero ¿realmente encontró un manantial en alguna parte? Si lo hizo, no tendré que caminar hasta aquí para buscar agua estancada todos los días». Le dijo: «Por favor, señor, ¡deme de esa agua! Así nunca más volveré a tener sed y no tendré que venir aquí a sacar agua».

 

El hombre la miró en silencio por un momento. Luego, le dijo: «Ve y trae a tu esposo».  

«No tengo esposo» respondió rápidamente la mujer para evitar más discusiones sobre este incómodo tema. 

Con una sonrisa amable, el hombre dijo: «Es cierto. No tienes esposo porque has tenido cinco esposos y ni siquiera estás casada con el hombre con el que ahora vives. ¡Ciertamente dijiste la verdad!».  

Sin palabras, la mujer samaritana no podía creer lo que oía. «¡¿Qué?! ¿Cómo lo supo? No es samaritano ni de mi pueblo. ¡No hay forma de que sepa sobre mi pasado! … Sólo hay una forma de cómo podría haberlo sabido». Ahora, con un cambio de postura y tono, la mujer dijo nerviosa pero respetuosamente: «Señor, seguro que usted es profeta. Eh… Nuestros padres adoraron en este monte (Monte Gerizim), y ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar». Intentó rápidamente cambiar de tema otra vez.  

El hombre continuó con su tono amable: «Créeme, querida mujer, que se acerca el tiempo en que no tendrá importancia si se adora al Padre en este monte o en Jerusalén. Ustedes, los samaritanos, saben muy poco acerca de aquel a quien adoran, mientras que nosotros, los judíos, conocemos bien a quién adoramos, porque la salvación viene por medio de los judíos». De repente, el tono y la expresión facial del hombre se volvieron más serios. «Pero se acerca el tiempo —de hecho, ya ha llegado— cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. El Padre busca personas que lo adoren de esa manera. Pues Dios es Espíritu, por eso todos los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».  

La mujer pensó: «Esto suena importante, pero no es fácil de entender. Pero está bien. Cuando venga el Mesías, lo aclarará todo». Respondió la mujer al hombre: «Sé que el Mesías está por venir, al que llaman Cristo. Cuando Él venga, nos explicará todas las cosas».  

Entonces, el hombre dijo: «Yo, el que te habla, soy Él».  

Las manos de la mujer le temblaban visiblemente después de escuchar estas últimas palabras. En medio de todo su dolor y sufrimiento de culpa, vergüenza, abuso, y traición, pensó: «¡Esta es la persona que había estado esperando!». De repente, comenzó a recordar cómo este Mesías en frente de sus ojos, había estado con ella desde el principio. Sabiendo que ella tenía un pasado adúltero y que actualmente estaba viviendo en pecado, aun así, Él le había ofrecido amablemente Su agua viva para que pudiera satisfacer y aliviar su sed para siempre. Le pidió de beber de sus manos inmundas y de su cántaro de agua. Él inició la conversación con ella, una marginada entre los marginados (los judíos consideraban a los samaritanos como «perros»). Si Él sabía todo sobre ella, entonces Él sabía que ella visitaría el pozo cuando nadie lo haría, lo que también significaba que Él había hecho el largo viaje y la había estado esperando bajo el sol abrasador solo por ella.  

Con un gozo inexplicable, la mujer samaritana pudo sentir el alivio de su dolor emocional, de su tristeza, desesperanza y sufrimiento por ser tratada como alguien indeseable y sin valor. Ella pudo sentir cómo se desvanecía su dolor de culpa y vergüenza, como el cántaro de agua que se deslizaba de sus manos temblorosas y caía al suelo, olvidándose por completo de su sed física. Su sed verdadera, por fin, estaba siendo satisfecha a través del agua viva que el compasivo Mesías le había ofrecido.  

Hermano/hermana, así como Jesús esperó a la mujer samaritana que ansiaba desesperadamente sanar su dolor y sufrimiento espiritual, su tristeza y desesperanza, su vacío e insignificancia, Jesús también te espera pacientemente al lado del pozo de oración para ofrecerte aguas vivas y satisfacerte con Su perdón y restauración. Búscalo, y Él cambiará tu visión del mundo de oscuro e incoloro a colorido y lleno de gozo. Amén.

Copyright © 2021 por Samuel E. Seo.